VILLANUEVA, ZAC.- Unos dicen que tiene 97 años, otros que 100 y otros más que ya pasa el centenario… lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta su edad, ni siquiera él mismo, pero Pablito, como todos lo conocen es “un libro andante” de historias de esta tierra.

Don Pablo en el Jardín de Villanueva.

El campesino, de manos y pies curtidos por la tierra y el sol, fue uno más de los cientos de devotos a San Judas Tadeo que fue a sus pies este año para agradecerle su larga vida, su buena salud y otras tantas cosas que se reservó para él y el santo.

Cada año, desde que tiene memoria, ha acudido al santuario: “Desde chico mi madre, que Dios tenga en la gloria, me inculcó la fe en el señor San Judas. Era muy devota, y nos traía a mí y mis hermanas desde Tenango a la villa a pie.

“Nos apiábmos temprano, mucho antes de que saliera el sol para venirnos andando”,  recuerda el viejo con un dejo de nostalgia en la mirada y agrega que la consigna era llegar a las mañanitas y que no siempre se quedaban a la quema (del castillo) de pólvora, por lo complejo que sería el regreso a su tierra.

Y hace un recuento mental… “miento, hubo unos años en que no pude estar porque andaba de bracero, allá por el 43 o 44 (1943 o 1944) más o menos, pero de ahí en más siempre he estado aquí en su templo en esta fecha”, dijo el hombre.

Pablo no miente, existen registros de que el templo de San Judas Tadeo de Villanueva es el más antiguo de México dedicado al santo, hay registros de que ya en 1714 ya existía una cofradía con su nombre.

Sin embargo, fue hasta 1917 cuando a San Judas Tadeo se le nombra oficialmente patrón del templo con lo que se convierte en el primer sitio en México que dedica su fe al santo de las causas difíciles y desesperadas.

De sus andanzas por Estados Unidos en la pizca de algodón cuenta que se fue porque lo invitaron “y pos no se me hizo malo ir para ver si mejoraba la vida de la familia”.

Y luego cuenta cómo la devoción se mezclaba con la diversión. Según su relato, luego de la misa les compraban un alfajor o un dulce de leche y si eran afortunados les compraban algún juguete: un trompo de (madera) de mezquite para él o unas monas de garra o cartón a sus hermanas.

Su hija interviene: “a mi me tocó el volatín y la ola (juegos mecánicos). Nos daban 20 centavos y tarde se nos hacía para subirnos a la ola”, entre risas recuerda que para que funcionara un hombre se colgaba del fierro del juego y corría alrededor para que diera vueltas y vueltas.

Recuerda que fue dos veces y como fue bien portado, “nunca me quitaron los papeles (visa) y me echo mis vueltas para ver a mis hijos que tengo allá”, presume un poco.

A la fecha, don Pablito Reveles ya no llega en peregrinación, ya no le permiten caminar tanto, aunque él sienta que sí puede, pero se pone enérgico para que lo lleven “aunque sea a misa de 1 (de la tarde)”.

“Esta fiesta es muy vieja, desde que yo me acuerdo… mi amá nos traía primero a mis hermanas y a mí, luego a mis hijos”, insiste.

“Ora la fiesta está muy cambiada. Todo cambia y los juegos ya son de luz, están más caros y duran muy poquito”, dijo la mujer.

Al salir de misa don Pablito pide que lo lleven un rato a la plaza (jardín principal) para descansar un poco y saludar a la gente. El hombre es muy popular, lo saludan muchas personas, la mayoría ya mayores, campesinos y fervorosos como él.

Luego, entre el gentío ve caminar a las reinas de la feria y ni tardo ni perezoso se levanta de la banca de metal donde descansaba y pide un retrato con Su Graciosa Majestad Michel y sus princesas.  

Si le digo… nomás el cuero se arruga, aunque a mi apá ni eso… porque el corazón sigue lleno de juventud”, dice la hija cómplice de Pablito, junto con su marido.