ZACATECAS, ZAC.- Mientras doña Magdalena se conformó con recordar a su difunta madre, doña Jesusita, con un rosario rezado con mucho fervor en la sala de su casa en Wendover, en Zacatecas cientos de dolientes se congregaron en los panteones de Dolores y Herrera para recordarlos, honrarlos o festejarlos según lo considerara cada quién.

Desde los últimos días de octubre los vivos llegaron a los camposantos para visitar a sus muertos, limpiar las tumbas y decorarlas con flores multicolores.

Para doña Lena desde los últimos días de octubre un pesar le embarga el alma: “si pudiera ir a México visitaría la tumba de mi madre; tengo casi 10 años que no voy para allá”.

No es que doña Lena no quiera venir, sino que su situación migratoria no está totalmente en regla y teme que si sale de aquel país ya no pueda regresar otra vez con su familia, por eso, cada 2 de noviembre lo más que puede hacer es rezar un rosario por el eterno descanso del alma de doña Jesusita.

Justo es por esa situación que doña Lena no desea que su ubicación sea detallada ni su nombre ni su cara, explicó vía telefónica. Se conforma con rezar y con mandar unos dolaritos para que los que están de este lado de la frontera compren un ramito de flores y le lleven a su mamá.

#SabiasQue El Día de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico y en 2003 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) la declaró como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.

Los que están en territorio mexicano celebraron a la muerte de múltiples formas. Algunos pusieron altares de todos tamaños en sus casas, otros asistieron a misas y los más, yendo a los panteones a visitar la última morada de sus seres queridos.

Desde hace años, la celebración se convirtió en una mezcla rara de fervor religioso, amoroso y celebración muy mundana de la fiesta…

En Zacatecas desde el 28 de octubre las calles aledañas a los panteones, en la colonia Tres Cruces, se convirtieron en las instalaciones del tradicional y añejo Tianguis del Día de Muertos.

Así, bajo lonas de colores y entre aromas de fritangas, enchiladas, tacos de tripas, camote cocido, tostadas de trompa y cueritos curtidos, elotes, inciensos y flores la gente danza en un ir y venir.

Entre el puesterío de comidas, frutas, ropa, flores, disfraces, trastes y juguetes, unos van abrazados a los olorosos ramos de 15 pesos de cempasúchil, otros se aferran a las flores sintéticas que van desde 25 pesos hasta los 350 que dejarán como ofrendas en sus tumbas.

Otros van al tianguis sólo con la intención de comprar los disfraces que usarán la noche de Día de Muertos para salir a pedir camote.

El día se prestó para que la gente fuera al panteón; densas nubes grises ocultaron el sol que quema, pero no calienta de noviembre, sin embargo, las visitas al panteón no fueron socorridas durante las primeras horas del día, sino hasta pasadas las 4 de la tarde.

Contrastaban las tumbas coloridas por cientos de pétalos de cempasúchil, crisantemos y la roja garra de león, con las grisáceas y desangeladas lápidas de cantera rosa, abandonadas algunas ya, según evidenciaba su estado, desde hace años.

Algunos, como la familia Martínez Luna hicieron de la fecha un gran festejo, pues contrataron un norteño para llevar alegría a la tumba de su ser querido, otros se esmeraron por hacer figuras con flores completas o pétalos la última morada del que se les adelantó en el camino, como la familia Rodríguez Menchaca.

Una solitaria mujer visita a su amiga.

Otros más, como una solitaria mujer se afanaba en decorar la tumba de su mejor amiga… junto al camino, una mujer de avanzada edad se esmeraba en rotular la cruz recién pintada de blanco de una niña mientras a su lado pasaba el vendedor de algodones de azúcar.

Aunque el universo de dolientes estaba unido por la muerte, su manera de recordar a sus seres queridos variaba tanto como el tamaño, suntuosidad o sencillez de la tumba.

Los más viejos rezaban junto a montículos de tierra, otros, de menos edad, con música ya fuera en vivo como Martínez Luna o sus vecinos de más abajo, con una bocina vía Bluetooh desde sus teléfonos celulares.

Doña Lena suspiró cuando recordó toda esa fiesta de olores, sabores, colores y amalgama de sentimientos: “cuando estaba allá íbamos (ella, su esposo y sus hijos) al panteón a mi pueblo a llevar flores a mi amá y al de Zacatecas con mi abuela. ¿Cómo olvidar?

“No sólo era recordar a mis viejitas, era también ver a la familia. Nos veíamos ahí los que casi no veíamos y los que nos juntábamos más, pero ora mire… sólo se acuerda uno”, lamenta la mujer, quien espera pronto tener en regla sus papeles migratorios para poder volver.

La muerte en números

De acuerdo con el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) durante 2018 fallecieron 16 mil 35 personas por accidentes viales, el 2.2% del total de las defunciones registradas en ese año.

Zacatecas, Nayarit, Durango y Sinaloa reportan las tasas de defunción más altas, superiores a 20 defunciones por cada 100 mil habitantes.