Cristina Ávila Sezatti, ciudadana del mundo.

Apenas había cumplido la mayoría de edad y concluido la preparatoria cuando abandonó Zacatecas.

El enojo con su tierra con el que se fue le dio fuerza para pensar que jamás volvería. Tan fue así, que regaló todas sus cosas: como quemando puentes para jamás regresar.

Luego de su periplo por, literalmente, medio mundo Cristina Ávila Zesatti llegó a la conclusión de que no importa de dónde seas, ni a dónde vayas, si se es eMigrante o inmigrante, porque “todos somos muy parecidos. Nos preocupa lo mismo: la estabilidad financiera, emocional y laboral… Todos perseguimos lo mismo donde estemos y de donde seamos”.

Su primera migración fue a Guadalajara, Jalisco; donde estudió la Universidad, de ahí saltó literalmente el charco y llegó a España pensando que todo le sería fácil por el idioma y porque durante el I Festival de la Legua Española conoció al entonces decano de la Universidad Complutense de Madrid que le ofreció facilidades para estudiar allá.

Con mi pensamiento provinciano le creí, dijo.

Arregló maletas y en 1997 se fue a España con un cúmulo de sueños e ilusiones fáciles y perfectamente alcanzables, según su percepción, y mil dólares en la bolsa, que le hacían sentirse sumamente segura.

El mismo día que llegó descubrió que no llevaba el suficiente dinero cuando tuvo que pagar el alquiler de un departamento y al día siguiente cuando pagó su primer desayuno español…

Tras esas bofetadas de realidad los desencantos llegaron en cascada: el decano la desconoció, la que creyó su mejor amiga la abandonó y, a las tres semanas, fue asaltada cuando salía de su primer trabajo como eMigrante en España.

Era la 1 de la madrugada cuando, de regreso a su departamento, después de una jornada laboral como mesera en un restaurante de comida mexicana (propiedad de un peruano) cuando un tipo bajó de una camioneta, la empujó al vehículo, la sometió y le arrebataron su bolso, luego la aventó al arroyo vehicular.

Le robaron más que el poco dinero que llevaba. Los ladrones se llevaron sus documentos y se convirtió en ilegal en España.

Situación que sorteó durante un año y por la que no pudo inscribirse formalmente a la Complutense University of Madrid.

Las Ávila Zesatti.

Una chispa de luz asoma a los ojos de Cristina cuando detiene la narración y afirma que, su época de ilegal fue difícil, pero ahora, con el tiempo la concibe como “la más bonita y dura lección de humildad”.

Cuando ella se fue, iba bien posicionada en los medios de comunicación: reconocida, respetada y tenía una gran libreta de contactos que de inmediato le contestaban las llamadas como corresponsal de Telemundo.

Pero, prácticamente sin identidad oficial, sin familia, ni los antiguos amigos cerca y sin la etiqueta de periodista se vio sóla ante un mundo desconocido en el Viejo Mundo.

Su espíritu aventurero y su decidida determinación la hicieron ganarse la vida como mesera, niñera o traductora y asistir todo ese año, como oyente a la Universidad.

Estaba resuelta a no volver derrotada a su tierra.

Durante ese tiempo también fue voluntaria de la Cruz Roja Española cuidando niños con VIH o con padres eran portadores y con una ONG que vela por el bienestar de los niños en el Tíbet.

Aun con mil penurias por sobrevivir como ilegal, no todo fue obscuro, “la parte laboral fue muy dura, pero la humana muy rica”, dice la periodista ufana de que tras de sí ha dejado amistades, no sólo en España, sino en Francia, Bélgica o Alemania, donde también ha estado, y que aún frecuenta en Zacatecas o en sus países.

El sólo hecho de ser mexicana, me abrió muchas puertas”, recuerda con orgullo.

Un año después, cuando iba llegando a México, le llegó una carta en la que le anunciaban que era acreedora a una beca en la Universidad de Barcelona, ahí fue donde estudió un postgrado: Cultura de Paz, todavía no acababa de desempacar cuando tomó otra vez el avión de regreso.

Esta vez, todo fue distinto.

Corresponsal de Paz.

Regresó a Guadalajara y de ahí se movió a la Ciudad de México, se colocó nuevamente en CNN, donde ganaba en dólares y después de un tiempo dejó todo.

Se fue a Bruselas, otra vez como ilegal, “pero esta vez como ilegal con dinero”, viajó por diversos países, se le terminaron los dólares y vivió como ilegal pobre en París según sus propias palabras.

Regresó a Zacatecas al final de la primera década del 2000 y desde su tierra va y viene por el mundo.

No aprendí a ser ciudadana del mundo hasta que regresé y pude amar a mi tierra con todo, lo bueno y lo malo. Aquí se juntan todas mis piezas, esas que fui regando por el mundo.

Por eso ya no me importa tanto irme, porque traigo a mi tierra dentro”, dice con humildad Cristina Ávila Zesatti, la periodista que en ninguna parte del mundo ha visto el azul del cielo zacatecano.